miércoles, 25 de marzo de 2009

En la madrugada

La quietud de la ciudad y su silencio nocturnos los conecto inmediatamente a la carrera que estudié. A las entregas. A larguísimas horas de insomnio buscando soluciones más o menos útiles. A esa hora de la madrugada en que sientes que cada segmento de piel se te congela y está a punto de caerse del puro frío. Y a la música que invariable y fielmente me acompañó sin quejarse nunca; al pie del cañón. A las llamadas y posteriormente al chateo con los amigos y compañeros que estaban en la misma situación. A la desesperación de que algún material se termine; que la impresora quede sin tinta; que se vaya la luz; que se cuelgue el programa y no hayas grabado las mil horas de trabajo. A ver teñirse el alba en el horizonte y saber que el tiempo se termina, inexorable.

Y poco a poco la costumbre te lleva a disfrutar de ese tiempo. Aprendí a trabajar en la noche. Me transformé en un buhito. Pero a fuerza de rutina había olvidado como empezó todo; por pura obligación, por la necesidad de hacer que las 24 horas rindan todo de sí. Ayer/hoy en la madrugada lo recordé vivamente. Recapitulé el porqué de muchas cosas. 

Además de ser un tiempo especialmente bueno para producir, la noche quiteña tiene la ventaja de que su frío te obliga a estar atenta. Y a falta de inspiración para trabajar me puse a divagar, a cuestionarme muchas cosas. Solo llegué a dos conclusiones después de estar en blanco contemplando mi aquí y ahora. Los imponderables de que está plagada la vida, que cambian constantemente el tablero de juego, siempre estarán ahí. Y no dependen de mí. He de hacerles frente lo mejor que sepa, aunque en algunos casos lo único que queda es desviar el curso de nuestro juego y dejar que las cosas discurran solas. Yo me ocuparé de aquello que me compete.
La otra es que esta vida es vida y no mera sobrevivencia cuando puedes disfrutar de la música y cuentas incondicionalmente con amigos con quienes hacerlo. 

Eso es lo que pasa cuando por más que desees la inspiración no llega, tu cerebro se opone a colaborar, la noche se torna demasiado larga y tienes una sobredosis de Joaquinito en la cabeza. ¡Y ya!

3 comentarios:

Ludovico dijo...

la madrugadas quiteñas son asi. para soñar, en cualquiera de las acepciones del termino. un besazo :)

Pentapodologa dijo...

Te pones a pensar y conversar con los amigos que sabes que están en las mismas, y que se han transformado como tú, en buhitos.... o como nos decimos nosotros.. Vampiritos.
Sea la razón que sea, los amigos siempre estarán allí para apoyarte y darte la razón.
Que buenas madrugadas con joaquinito carajo!

El Trasgo dijo...

Pero joaquin mas tequila debió ser.
Como es eso del club del despecho? en que andan?

Saludos!